Crónica: Vivir y morir en Venezuela
7 abril 2015
06:33 PM ET

Crónica: Vivir y morir en Venezuela

Por Dinorah Rosas, CNN Español

Nota del editor: Dinorah Rosas es la editora de noticias senior de CNN en Español y hace unos días perdió a su padre en Venezuela. En esta crónica evoca las vicisitudes del proceso.

(CNN Español) - Morirse en Venezuela no es el fin.

Es el medio para adentrarse en un mundo cuya existencia solo se puede comprobar viviéndolo. Rituales, papeleos y colas… sí, colas.

En una funeraria del sudeste de Caracas, que también tiene crematorio y cementerio, los vivos anotan a sus muertos para el velatorio. Hay más muertos por día que espacios disponibles para despedirlos.

A mi papá le tocó dos días después de su muerte. No sé si eso se podrá llamar suerte.

Para lo demás, un catálogo. Capilla, flores, obituario. ¿Cuánto tiempo necesitan? ¿Seis horas, 12, 24?

Si el presupuesto lo permite, un homenaje musical: clásico o popular. Escoja 5 temas.

El Ave María, por supuesto.

¿Pero cuál? ¿La de Caccini? No, esa no es tan conocida. La de Schubert, pues. No, que esto no es una boda. Bueno, entonces el Pie Jesu.

Casi no hay tiempo de sufrir el duelo con tantos preparativos.

¿A qué hora viene el sacerdote?

Y remata la chica que nos atiende: Recuerden venir a buscar el certificado de cremación, que sin eso no pueden sacar las cenizas del país.

Caramba, que el éxodo incluye hasta las urnas.

El adiós de un taxista

Pero no todos pueden —o quieren— contratar un velatorio. Son los que van a la cremación directa, dice la cartelera de la oficina en la funeraria.

De repente, el tráfico se detiene. Nuestros trámites deben esperar un poco más.

A pocos metros de la entrada del camposanto, la calle es buena para celebrar la vida y despedir a un ser querido. En este caso, un taxista. La prensa capitalina reseña que fue asesinado en un barrio del este de la ciudad.

Los dolientes, sus compañeros de jornada. También, un grupo de motorizados. El muerto va en una furgoneta de la morgue.

Las notas de “Amor eterno” en la voz de Rocío Durcal dan paso a “No le pegue a la negra” con Celia Cruz. Las mujeres, enfundadas en lycra, se bajan de las motos y comienzan a bailar. Aparecen las cervezas.

Por la derecha, un hombre se arrima a la acera y comienza a orinar allí mismo. Un niño hace lo mismo.

No estábamos invitados a este funeral, pero igual asistimos. Ventanas arriba, seguros abajo. Por si acaso, nos advierten. Hay ladrones que aprovechan estas cosas.

En el vidrio de uno de los taxis se lee a modo de corona funeraria: “Te recordaremos, Care’nalga”.

La gente se impacienta. Abren un canal para que pasen los vehículos.

El día que cremaron los restos de mi papá, me dijeron que hubo un secuestro en la funeraria.

No supe más. Dejo atrás el velatorio de propios y ajenos.

Muy auténtico. Nada solemne. Solo la muerte. Y el caos.


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